Cuando estaba en el colegio y el instituto, odiaba los idiomas; me parecían inútiles. Luego la vida me llevó a tener que usarlos. En diferentes viajes descubrí el placer de poder comunicarme con todo el mundo y la alegría de la gente cuando descubrían que hablaba su lengua.
Terminé la escuela de ingeniería y, además de progresar en inglés y alemán, me puse a aprender español. Ya había vivido och...
Cuando estaba en el colegio y el instituto, odiaba los idiomas; me parecían inútiles. Luego la vida me llevó a tener que usarlos. En diferentes viajes descubrí el placer de poder comunicarme con todo el mundo y la alegría de la gente cuando descubrían que hablaba su lengua.
Terminé la escuela de ingeniería y, además de progresar en inglés y alemán, me puse a aprender español. Ya había vivido ocho meses en Alemania; era el momento de empezar mi vida… en España.
Comencé entonces a trabajar en un mundo que no imaginaba: el del teatro y la iluminación. Durante viajes con la compañía descubrí otros idiomas que no conocía, pero de los que conseguía entender algunas palabras. A mi regreso, empecé a aprenderlos.
Ahora vivo en Polonia, que sin duda ha sido la lengua más difícil de aprender, pero que me ha abierto las puertas a todos los idiomas de Europa del Este. Los he estudiado todos por mi cuenta, con método, probablemente el que adquirí en mis estudios superiores. Así empecé a descomponer cada lengua en conceptos que trataba de entender, en lugar de aprender ciegamente reglas falsas a las que después había que añadir miles de excepciones.
Hace quince años, un poco por casualidad, tuve mi primera alumna, después una segunda, y descubrí la belleza de transmitir conocimientos y de ayudar a alguien a construir en su interior un nuevo tesoro. Amo a mis alumnos, disfruto tanto de sus progresos como de sus dificultades, y cuando dan uno de esos pequeños saltos hacia adelante que a veces se dan al aprender, casi se me llenan los ojos de lágrimas.
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